Por qué he rehecho esta web desde cero
En casa del herrero, cuchillo de palo. Esta web la monté en 2017 y desde entonces no la había tocado. Funcionaba, se veía razonablemente bien, y cada vez que me acordaba de ella pensaba «algún día». Ese día ha llegado, y he acabado tirándola entera y levantándola de cero.
Va este artículo para contarlo sin tecnicismos: de dónde partía, qué me encontré al abrir el capó y en qué ha quedado.
De dónde partíamos
La web estaba hecha con WordPress, que es el programa con el que está hecha buena parte de internet. Nada malo en eso. El problema era la versión: la 4.8, de 2017, sobre un lenguaje —PHP— en una versión que dejó de recibir actualizaciones de seguridad en diciembre de 2018.
Traducido: durante casi ocho años ha estado abierta al público una puerta cuya cerradura ya nadie fabricaba ni reparaba. No es que fuera a pasar algo; es que si pasaba, no había a quién llamar.
Y había señales. Cuando me puse a mirar los registros del servidor descubrí que un solo día había recibido 2.578 intentos automáticos de adivinar la contraseña, todos contra el mismo punto de entrada. Eran casi la mitad de todas las visitas que recibía la web ese día. Nadie me estaba atacando a mí en particular: son robots que recorren internet entera probando puertas.
El detalle que más me hizo pensar fue otro, y más tonto. Al revisar el servidor me di cuenta de que la web llevaba cinco días caída y no me había enterado. Ni yo, ni nadie. Eso dice bastante sobre el cuidado que le estaba dedicando.
Qué he hecho
He cambiado la cocina entera, no los azulejos.
La diferencia importante no es que una columna sea más moderna que la otra. Es la cantidad de cosas que tienen que ir bien para que veas esta página.
Antes, entre tu navegador y mi texto había un programa enorme, escrito por mucha gente, con decenas de complementos, una base de datos aparte y un lenguaje sin mantenimiento. Ahora hay un programa pequeño que hace exactamente lo que necesito y nada más, y los datos caben en un solo fichero de 140 kilobytes —menos que una foto del móvil—.
Esa es la idea de fondo: una web personal no necesita una central eléctrica. Necesita una bombilla que no se funda.
Cómo se ha hecho, por partes
No se hace de una sentada, y sobre todo no se apaga lo viejo hasta que lo nuevo está probado.
Poner a salvo lo viejo. Antes de tocar nada, copia completa de todo: ficheros, base de datos, imágenes. Y de paso, cerrar lo más urgente de la web antigua, porque iba a seguir en pie unas semanas más.
Ahí aparecieron cosas incómodas: ficheros de pruebas olvidados en 2015, una clave de acceso a un servicio de Google y una contraseña escrita en texto plano, todo ello accesible desde internet para quien supiera dónde mirar. Retirado y anotado para cambiar esas claves.
Rescatar el contenido. Los textos, los proyectos, las opiniones, las fotos: todo eso estaba dentro de WordPress y tenía que salir de ahí sin que se perdiera un acento. Se hizo con un programa que lo extrae solo. No he copiado nada a mano, que es donde se cometen los errores y donde se pierde la paciencia.
Los cimientos. Decidir cómo se guarda cada cosa: una experiencia profesional, un proyecto, una tecnología. Suena aburrido y es lo que más se nota después. Un ejemplo: en la web vieja aparecían cinco veces seguidas los nombres de las mismas dos consultoras, porque el sistema no distinguía entre para quién trabajas y en qué cliente prestas el servicio. Ahora son dos cosas distintas, y la trayectoria se lee de un vistazo.
La web que se ve. Diseño nuevo, hecho para leerse: sin ventanas emergentes, sin avisos de cookies —porque no hay cookies que avisar—, sin fuentes ni contadores que se descarguen de otras empresas. Todo lo que carga esta página sale de este servidor. Y mi dirección de correo ya no aparece escrita en ninguna parte: hay un formulario, que es lo que los recolectores de direcciones no saben rellenar.
El panel para editarla. Una zona privada para cambiar el contenido sin tocar nada técnico. Sólo responde desde la red de casa, y aun así pide contraseña.
En qué se nota
Esto se puede medir, así que lo he medido: las dos webs, en el mismo servidor, una al lado de la otra.
Catorce veces más rápida. Y de los 14 ficheros que pide ahora la portada, 11 son las imágenes de los proyectos: de «maquinaria» sólo queda una hoja de estilos y un ayudante de 50 KB.
Las fotos también se han puesto a dieta. Cada imagen se guarda en tres tamaños y el navegador elige el que le conviene según la pantalla, así que en el móvil no te descargas una imagen pensada para un monitor grande. Pesan un 76 % menos que los originales.
Por debajo hay algo que no se ve pero que es lo que me deja dormir: 245 comprobaciones automáticas que se ejecutan cada vez que se cambia algo. Son pequeñas pruebas que verifican que el correo sale, que las direcciones antiguas siguen llevando a su sitio, que los colores tienen contraste suficiente para leerse. Si algo se rompe, salta antes de llegar aquí. Ya han cazado varios fallos que yo no habría visto.
Cómo se actualiza ahora
Lo importante de este dibujo es la flecha de abajo. Todo el contenido se puede volcar a un fichero de texto normal, que se abre con cualquier editor, se lee sin ningún programa especial y se puede guardar donde uno quiera. Y desde ese fichero se puede reconstruir la web entera en otro ordenador.
Es la lección de la web anterior: lo que sólo sabe leer un programa concreto está atrapado en ese programa. Y los programas caducan.
Lo que queda
Faltan las dos últimas fases, que son la mudanza propiamente dicha: tener las dos webs funcionando a la vez un tiempo, comprobar que la nueva responde bien, y sólo entonces cambiar el cartel de la puerta. Después, apagar WordPress.
Las direcciones antiguas seguirán funcionando. Cada una redirige a su equivalente en la web nueva, así que si tienes algún enlace guardado o llegas desde un buscador, no te vas a encontrar con un error.
Si has llegado hasta aquí y estás pensando en tu propia web abandonada: lo más caro no fue programar nada. Fue abrir los registros del servidor y mirar. Ahí está todo escrito —quién entra, qué prueban, qué lleva roto desde cuándo—, y casi nunca lo miramos.